Lo que he aprendido del Trastorno Límite de la Personalidad, a través de mi vida en la «montaña rusa emocional».

El Trastorno Límite de la Personalidad (TLP), se describe como un trastorno mental que se centra en la incapacidad para manejar las emociones de manera eficaz, inestabilidad en las emociones y conductas disruptivas que cursan diversos periodos, como ansiedad, depresión, ira extrema, sólo por mencionar algunos. El trastorno ocurre a menudo en el contexto de las relaciones, a veces todas las relaciones se ven afectadas, a veces sólo una.

Mientras que algunas personas con TLP son «de alto funcionamiento»; en determinados entornos, como en la escuela, el trabajo o alguna actividad; sus vidas privadas podrían estar en crisis.
Algunas personas que enfrentan este trastorno, experimentan dificultad para regular sus emociones, pensamientos, comportamiento impulsivo, episodios depresivos, conductas en ocasiones imprudentes y relaciones inestables.

Cuando leo la mayoría de las descripciones, no puedo evitar identificarme. En mi experiencia, las personas con TLP nos etiquetamos como «inestables».
Antes, yo hubiera estado muy en desacuerdo con eso.
Sacaría mi espada y pelearía para demostrar a la gente que yo era la persona más estable que había.
No importaba lo que pasara en mi vida, quería demostrarles que era estable para que, según la sociedad, yo fuera «normal».

Entonces, llegó el día que me di cuenta que estaba en una montaña rusa permanente con mis pensamientos, sentimientos y acciones.
Comenzó como cualquier otro «paseo».
Estaba en la fila y me subí al «carrito». Después de minutos de estar en el viaje, empecé a empujar a cada persona que estaba en el viaje conmigo.
Ya no quería estar con esa gente.
Ya no era divertido para mí.
Y luego vino, el momento en que me di cuenta de que ya no había nadie conmigo. Grité y grité para que el paseo parara, pero era demasiado tarde, no había nadie para controlarlo. Mi nivel de desesperación, frustración y desesperanza fue tanto, que me di cuenta de que tampoco tenía el poder de detenerlo.

Esa es la analogía más cercana que tengo para mi vida:

«VIVO EN UNA MONTAÑA RUSA EMOCIONAL»

Cada día me paro en la fila y espero que el viaje pueda ser más estable, pero ahora sé que inevitablemente habrá subidas y bajadas; pero me propongo no sentirlas tan intensas.

No me atrevería a calificarme como inestable, sino más bien variable.
Nunca sé lo que el día va a tener para mí. Nunca sé qué tipo de discusión provocará mi ira.
Nunca sé cuando me despierto si voy a tener la fuerza para salir de la cama. Nunca sé si voy a empezar a llorar en medio de una conversación o si voy a querer empezar a gritar y destruir todo lo que poseo.

Durante muchos años luché este paseo sin decirle a nadie. No quería que nadie se subiera en ella.
Yo era egoísta con mi salud mental.
Ni siquiera me atrevía a hablar de ello porque siempre me hacía la pregunta obligada: «¿Qué pensará la gente de mí?»

Y cuando logré hacerlo, entendí que las únicas personas que importan y que te aman, no harán nada más que darte amor, apoyo y su máximo esfuerzo de entender. Muchos se ofrecen a unirse al viaje y tratar de acompañar, otros sólo ven desde abajo asegurándote que estarán ahí para ayudarte si comienzas a gritar pidiendo ayuda.

Me tomó años de auto-odio, auto-daño, algunos intentos de suicidio y otro tipo de conductas negativas, hasta que finalmente me di cuenta de que esta batalla no estaba destinada a ser combatida en soledad.

Una de las mejores decisiones que he tomado en mi vida con respecto a mi salud mental, fue pedir ayuda. Después, aceptar que la necesitaba y atenderme con el tratamiento farmacológico y psicológico indicado.

Aún sigo buscando todas las formas posibles de llegar y tratar de hacer el viaje un poco más fácil para mi.
Hoy, no puedo decir que ya estoy bien. Pero ya tengo la ayuda que necesitaba para poder vivir mi vida.
Y con suerte, ¿quién sabe?
Tal vez incluso estoy aprendiendo cómo amar mi vida.