Cuando los pensamientos suicidas no salen de tu mente.

Cuando se trata de «perder la voluntad de vivir», no necesariamente significa que te encuentras en la orilla del edificio más alto, tal vez ni siquiera que estés atravesando por una crisis, más bien es un dolor profundo en el pecho que te oprime y pesa constantemente.

Puedes reírte y parecer normal, pero ese dolor no desaparece, sigue ahí, dentro de ti, debajo de todas las máscaras. Haciéndole creer a todos los que te rodean que «estás bien», esforzándote por ocultar tus pensamientos y sentimientos.

A veces quieres renunciar a la vida porque todo lo que enfrentas es una lucha entre esa parte buena y parte mala que sientes dentro de ti. Te enojas, lloras, te deprimes, te fastidias y sentir todo al mismo tiempo es demasiado agotador. Lo más difícil es cuando esos pensamientos te dan vuelta por la mente una y otra, y otra, y otra vez, porque te obsesionas imaginando diferentes formas posibles para terminar con tu vida y es muy aterrador, porque es cuando comienzas a creer que todo va a terminar.

Cuando te sientes así, no resulta nada sencillo pensar en tus seres queridos y en serio lo lamentas, porque sabes que están ahí, esperando lo mejor para ti y te sientes culpable por no poder responder como esperan.
No quieres herirlos, lastimarlos, ni decepcionarlos, pero parece que no puedes arreglar nada, así que ¿cuál es el punto de existir si sólo estás en la nada?
Nada te hace feliz, es como si hubieras olvidado lo que se siente la alegría.
Nada te sale como te lo propones.
A veces tienes un descanso y la sensación se esconde, pero sabes que sigue estando siempre ahí.

Y tal vez necesitas hablar, pero sabes que la gente que amas no está preparada para escuchar las cosas terroríficas que piensas. Además has intentado todo lo que se te ha presentado como oportunidad de seguir adelante, el tratamiento psiquiátrico, alguna vez terapia psicológica, coaching, pensar positivo, la religión, colorear mándalas, hacer ejercicio, cuidar tu aspecto y cuerpo etc.

Intentas diferentes combinaciones de todas esas cosas y muchas otras que tomarían demasiado tiempo para enumerar.
Y sólo funcionan para darte cuenta que ser suicida no es un estado temporal, sino que es permanente e incluso ha estado así desde tu infancia.

A veces levantarse de la cama es una lucha en todos los niveles, incluso llegas a pensar que es una resistencia a la vida misma. La mitad de ti se ha propuesto morir, mientras que la otra mitad que está en modo de supervivencia tiene el doble de carga que llevar.

Quieres morir, pero te da miedo. Quieres vivir pero te duele.
Esta no es una elección, pero la gente piensa que lo es.

Y sí, puedes elegir ser más positivo cuando te es posible, pero no siempre puedes mantener ese control. No puedes pensar en la manera de salir de esto. Y no te ves como una víctima, porque sabes que nadie te causo esto, simplemente es lo que es. Y siempre haces todo lo posible para cambiar las cosas que quizá no puedes cambiar.

Quizá algunas personas con problemas de salud mental no han sobrevivido porque la gente suele decir: «Sólo está tratando de llamar la atención».

Sentirse fuera de control es aterrador, pero sentirse fuera de control delante de alguien es aún más aterrador, en serio no quieres que nadie te vea en una condición así.

Lo último que quieres hacer es molestar o incomodar a alguien de cualquier manera. No pides la simpatía de nadie, ni sus cuidados o atención.

Sólo te gustaría que la gente entienda que un trastorno o enfermedad mental es diferente para todos. No todos encajan en las clasificaciones que curan ciertos medicamentos.

Enfrentar un problema de salud mental, te orilla a llevar una vida desordenada, es frustrante y en ocasiones se siente como una batalla perdida.

Tener un trastorno mental no es lo que soy, ni es lo que me define, pero es una gran parte de las razones por las que sucede esto.